por Eduardo Castañeda Sarabia

Corrí toda mi vida con la idea de superar tiempos, marcas y kilómetros. En 2018 ya llevaba 22 maratones; mi meta era clara: bajar de 3 horas en el Maratón LALA, el 3 de marzo. Tenía el plan, el entrenamiento y la ilusión de hacerlo por mí… y por ellos.
El 24 de febrero, una semana antes de la carrera, mi papá falleció. Fue un golpe patriótico y personal: aquel hombre que me enseñó con el ejemplo, que celebraba cada logro como propio, ya no estaba. El duelo me pegó más de lo que esperaba. Tres días después del funeral regresé a entrenar porque sentí que no correr era traicionarlos. Quería correr para honrarlo, quería cruzar una meta que pudiéramos celebrar en su memoria.
En Torreón me acerqué, pero no alcancé el sueño. Me quedé a un par de minutos de romper las 3 horas. Emocionalmente no estaba entero; cada zancada llevaba la pesada carga de lo que había perdido. Decidí no rendirme: en diciembre tendría otra oportunidad, en el Maratón Powerade de Monterrey.
Volví a las pistas con más fuerza y mucha fragilidad. El entrenamiento fue más duro que nunca, porque no solo trabajaba el cuerpo, también trataba de recomponer el corazón. Y entonces, el 16 de septiembre, mi mundo volvió a derrumbarse: mi mamá se fue. Quedé huérfano, solo de repente, con una soledad que dolía en los huesos. La tristeza me dejó sin mapa; no encontraba la manera de seguir adelante.
Pero en el fondo sabía algo muy simple y poderoso: ellos siempre me apoyaron. Les habría encantado verme sonreír, gritar en una meta, sentir la euforia del triunfo. Esa idea fue la que me sostuvo cuando todo parecía imposible. Me vestí de coraje y de memoria, y me presenté en la salida de Monterrey con una vieja foto en el short: los tres juntos en Boston, en 2014. Esa foto fue mi talismán.
El domingo 9 de diciembre, contra todo pronóstico, todo encajó. Desde el kilómetro 35 empecé a saberlo; hice cuentas, respiré y me dejé llevar por la certeza. Entrando a Fundidora, en el kilómetro 41, las lágrimas ya no se contenían. Crucé la meta en 2:57:51. Me quebré y lloré como no lo había hecho jamás: porque no iba a poder llamar a casa para decirles que lo logré, pero porque, de una forma inexplicable, ellos habían corrido conmigo.

El running no me quitó el dolor, pero me dio un lenguaje para atravesarlo. Cada kilómetro fue una conversación con sus recuerdos, y cada meta, una promesa cumplida. Hoy corro sabiendo que su aliento me acompaña en cada zancada; ellos corrieron conmigo, y siempre lo harán.
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