Lo que comenzó como una preparación para una prueba física se convirtió en una pasión.

Por Arturo Alarcón


Hace poco más de un año mi vida era muy diferente. Había puesto todas mis esperanzas en ingresar a una institución de gobierno. Para lograrlo tuve que prepararme físicamente y una de las pruebas consistía en correr doce vueltas a una pista de 400 metros en el menor tiempo posible.
Entrené con disciplina y con la ilusión de que ese esfuerzo me abriría las puertas hacia el futuro que imaginaba. Día tras día corría pensando en ese objetivo. Me preparé, presenté las pruebas y
las aprobé con excelentes resultados.
Pero al final no fui aceptado.
Recuerdo la decepción, la frustración y el enojo. Sentía que todo el esfuerzo había sido para nada.
Había apostado gran parte de mis sueños a esa oportunidad y de pronto me encontré sin rumbo.
Sin embargo, había algo que ya no podía dejar atrás: correr.
Ya me había inscrito a una carrera de 10 kilómetros y decidí participar. Ese día descubrí algo que cambiaría mi vida para siempre. No solo me gustó correr; me enamoré del ambiente, de la
energía de la gente, de las emociones que se viven antes, durante y después de cruzar una meta.
Lo que comenzó como una preparación para una prueba física se convirtió en una pasión.
Empecé a transformar toda mi tristeza en kilómetros. Cada entrenamiento me ayudaba a sanar
un poco más. El running se convirtió en ese abrazo que necesitaba cuando me sentía perdido.
Fue un curita para mi corazón en uno de los momentos más difíciles de mi vida.
Después llegaron experiencias increíbles: corrí mi primer medio maratón, participé en el Medio
Maratón de la Ciudad de México, conocí personas extraordinarias y descubrí una versión de mí
que no sabía que existía.
Fue entonces cuando entendí que el running no solo me ayudó a correr más rápido. Me ayudó a
creer en mí.
Me salvó de quedarme atrapado en la frustración. Me enseñó que mi valor no dependía de una institución, de una oportunidad o de la aprobación de alguien más. Me mostró que era capaz de
mucho más de lo que imaginaba.
Hoy comparto mi pasión en redes sociales y tuve la fortuna de crear Runtepec Club, una comunidad que nació del deseo de ayudar a otras personas a encontrar, a través del running, lo mismo que yo encontré: confianza, disciplina, salud y felicidad.
Si alguien me hubiera dicho aquel día, cuando recibí ese “no”, que ese rechazo me llevaría a vivir todo esto, probablemente no lo habría creído.
Pero hoy entiendo que algunas puertas se cierran para que encontremos caminos mucho mejores.
Y por eso siempre diré que el running me lo dio todo. Me devolvió la confianza, me regaló una comunidad, me dio un propósito y, cuando más perdido estaba, me ayudó a encontrarme a mí
mismo.
“La institución donde soñaba entrar me dijo que no. Pero el running me dijo que sí. Sí a creer en mí, sí a seguir adelante y sí a descubrir una vida que hoy no cambiaría por nada.”

Instagram: _arthur.run
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por Lina Arriaga


Hola, yo soy Lina, tengo 45 años, y correr llegó a mi vida en 2019 como una forma de cuidar mi salud mental. Con el tiempo también se volvió una manera de honrar mi salud física, de escucharme mejor y de recordarme que mi cuerpo merecía atención, fuerza y amor. Desde que cumplí 40 años me realizo una mastografía anual, convencida de que la prevención también es una forma de quererse.

En 2024, en una de esas revisiones que uno espera con calma pero con respeto, recibí un resultado que cambió mi vida: BIRADS 5. Aquellas letras y ese número significaban una alta probabilidad de malignidad. A partir de ahí comenzó una nueva etapa, una de incertidumbre, estudios, diagnósticos y miedo. El 23 de diciembre de 2024 me confirmaron cáncer de mama en etapa 3, triple positivo.

Desde ese momento mi batalla dejó de ser sólo contra una enfermedad. También fue una lucha por conservar mi identidad, mi energía y mi esperanza. Pasé por 6 quimioterapias muy fuertes, una cirugía conservadora de mama en la que me retiraron 9 ganglios linfáticos, 15 radioterapias, 18 aplicaciones de trastuzumab y ahora debo tomar tamoxifeno durante 5 años. El 24 de enero de este año sufrí además un ataque isquémico transitorio; fueron 5 horas difíciles, en las que incluso perdí la capacidad de hablar con normalidad por un momento. Pero regresé.

Y si algo me sostuvo en medio de todo, fue haber empezado a entrenar antes de que la enfermedad tocara mi puerta. El running, junto con el entrenamiento de fuerza, me dio una base física y mental que me ayudó a resistir. No fue fácil. Hubo un año entero en el que dejé de entrenar por completo debido al tratamiento y a los efectos tan duros en mi cuerpo. Me quedé sin un solo pelo en todo el cuerpo, y también pasé por momentos muy tristes, como aquel medio maratón de 2025 que no pude correr porque estaba en plena quimioterapia. Lloré ese día. Y también me hice una promesa: si me curaba, este año sí lo correría.

Hoy, con gratitud y con una fuerza que nació de las cicatrices, puedo decir que soy sobreviviente. Gracias a los médicos del INCan, que hicieron todo lo posible por controlar mi enfermedad, hoy estoy aquí, entrenando, esforzándome, cumpliendo mi promesa paso a paso. No estoy corriendo perfecta, ni sin secuelas, ni sin cansancio. Estoy corriendo con todo lo que soy, con todo lo que viví y con todo lo que aún estoy sanando.

Me estoy preparando para el medio maratón de este 12 de julio, que contará una vez más con la marcación de Márcate, la más precisa. Y aunque ya no pienso en un tiempo específico, sí pienso en llegar. En hacerlo lo mejor que pueda. En cruzar esa meta con la certeza de que no me rendí.

Porque a veces correr no se trata de velocidad.
A veces se trata de volver.
Volver al cuerpo, volver a la fe, volver a una misma.

Y yo, después de todo, estoy volviendo a mí.

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