¿Cuál es la tuya?
Por Mar Rodriguez
Hay muchas cosas que me dan miedo.
Mudarme sola a otro país.
Llegar a lugares donde no conozco a nadie.
Intentar cosas en las que no sé si voy a ser buena.
Correr fue una de ellas.Hay muchas cosas que me dan miedo.
Mudarme sola a otro país.
Llegar a lugares donde no conozco a nadie.
Intentar cosas en las que no sé si voy a ser buena.
Correr fue una de ellas.

Soy Mariana y, si tuviera que resumirme en tres palabras, serían: intensa, sensible y persistente. No porque sea especialmente valiente o porque tenga las cosas resueltas. Al contrario. Tengo más dudas de las que me gustaría admitir y una tendencia a sobrepensar casi todo.
Pero también soy curiosa. Me encanta el café, crear contenido, moverme y decir que sí a experiencias nuevas, incluso cuando me dan miedo.
Y aunque cada etapa de mi vida ha sido distinta, casi todas han tenido algo en común: la búsqueda de conexión, comunidad y un lugar al que pertenecer.
El movimiento siempre ha sido parte de mi vida. Como muchas personas, pasé por ballet, gimnasia, básquetbol, baile, patinaje y, más adelante, por una etapa de obsesionarme con entrenar en casa, ir al gimnasio, dar clases de fuerza y hasta convertirme en coach de indoor cycling.
Siempre estaba en movimiento, pero después de tres años como coach me di cuenta de algo: llevaba años haciendo ejercicio para otros, para una clase, para un objetivo o para cumplir con una rutina.
Había dejado de hacerlo para mí.
Cuando me fui de intercambio a Madrid, llegué sin conocer a nadie. Como muchas personas cuando llegan a una ciudad nueva, quería encontrar comunidad. Quería conocer gente, salir de mi zona de confort y construir una vida fuera de la universidad y el trabajo; sentirme parte de algo. Por eso, un día decidí hacer algo que juraba que no me gustaba: correr.

Recuerdo perfectamente los nervios. Fui con una amiga y no sabía qué esperar. No sabía si podría seguir el ritmo o siquiera si me gustaría la experiencia. Pero desde que llegué me sentí parte. No me sentí juzgada; me sentí acompañada.
Lo que no sabía era que correr me iba a enseñar mucho más que a correr.
Cuando das una clase de ejercicio hay música, energía y personas alrededor. Cuando corres, muchas veces estás tú, tus pensamientos y el siguiente paso. Ahí fue donde comenzó la parte difícil: darme cuenta de la conversación que tenía conmigo misma.
Correr me obligó a cuestionar la forma en la que me hablaba.
Me enseñó que antes de alcanzar cualquier meta tienes que creerte capaz de lograrla. Que dudar de ti puede convertirse en el ingrediente perfecto para no intentar siquiera. Que el miedo no desaparece antes de actuar; muchas veces desaparece después.
También me enseñó a incomodarme. A hacer cosas aunque me den pavor. A presentarme incluso cuando no me siento lista. A dejar de obsesionarme con hacerlo perfecto y empezar a valorar el simple hecho de intentarlo.
Porque presentarte ya es valioso.
No vale más presentarte si eres más rápido.
No vale menos presentarte si eres más lento.
Presentarte es suficiente.
Hace un año corrí mi primer medio maratón y, desde entonces, no he parado. La adrenalina, los nervios y esa sensación de sentirme imparable al terminar una carrera me llenan. Y compartirlo con otros, aún más.
Si algo he aprendido en este tiempo es que los números y Strava no cuentan toda la historia. Los kilómetros cuentan una parte. Los tiempos cuentan otra.
Pero también cuentan las personas que conoces, las conversaciones que tienes, las ciudades que descubres y las versiones de ti que aparecen cuando decides hacer algo que te asusta.

A veces minimizo mis logros porque siempre hay algo más por alcanzar. Un siguiente entrenamiento. Una siguiente carrera. Un siguiente objetivo.
Pero cuando volteo atrás, me doy cuenta de algo: es una locura todo lo que puede cambiar en un año cuando decides seguir presentándote.
Presentarte cuando tienes miedo, presentarte cuando no sabes si puedes, presentarte cuando sientes que todos van más rápido que tú, presentarte incluso cuando no te sientes lista.
No lo tengo todo resuelto. De hecho, todo esto es algo que sigo aprendiendo.
Hay días buenos y otros en los que todo se siente más difícil.
Todavía hay días en los que dudo de mí. Días en los que me paraliza el miedo a fallar, a equivocarme o a intentar algo que se siente difícil.
Todavía me comparo más de lo que me gustaría. Todavía hay metas que me intimidan y momentos en los que no me siento capaz.
La diferencia es que ahora sé que la confianza no llega antes de empezar. Llega después de presentarte una y otra vez.
Creo que todos tenemos una historia que merece ser contada.
Correr me recordó que muchas de las mejores cosas que me han pasado comenzaron con algo que me daba miedo hacer.
No tienes que correr un medio maratón. No tienes que cruzar una meta. No tienes que convertirte en experto en nada.
Solo tienes que atreverte a empezar.
Nunca sabes quién necesita escuchar tu historia para atreverse a escribir la suya.
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