Qué significa correr más allá del reloj, los tiempos y las métricas

Correr para divertirse, correr para calmarse, para verse bien, para sentirse bien, correr para ligar, correr para huir, para conocer, para desplazarse, correr para pensar, para no pensar, correr para tomar decisiones, correr porque voy tarde, correr para llegar primero, correr para mejorar mi tiempo. Correr para sanar un duelo, para celebrar un logro, para estar a solas y, a la vez, sentirse parte de algo. Correr para escuchar el cuerpo, para medirlo, para retarlo, para reconciliarse con él.
El pensamiento social del running puede significar muchas cosas, porque múltiples son las respuestas a la pregunta: ¿qué significa para ti correr? Depende de las personas, de sus contextos, de sus posibilidades materiales, de sus historias familiares, de la ciudad o del campo que habitan o de las etapas de la vida que transitan. Para quien trabaja jornadas extensas, correr puede ser el único espacio propio del día. Para quien atraviesa un proceso de ansiedad, puede ser un ancla respiratoria. Para quien busca pertenecer, puede ser el punto para encontrar un equipo en el parque o en la pista. Para una madre o un padre, puede ser el reencuentro consigo más allá de los cuidados; para una persona mayor, un modo de conservar autonomía; para alguien joven, una forma de medir el mundo en kilómetros y posibilidades.
Lo social aparece en lo común en esas respuestas, la significación común de la actividad deportiva. ¿Qué significa para nosotras y nosotros correr? ¿Qué nos dice sobre cómo vivimos, trabajamos, nos movemos por la ciudad y nos relacionamos con el running? El mundo ya tiene respuestas a esa pregunta, nosotros nos vemos seducidos y “elegimos” las respuestas que se acomoden a nuestra vida, a lo que pensamos digno de valorar en la actividad deportiva.
Esa respuesta no es tan autónoma: hay estructuras sociales ya establecidas que influyen en cómo se define y se valora el running. Aquí aparece uno de los principales problemas del running contemporáneo: intentar hacer universal lo que es específico. No existe un cuerpo ideal obligatorio para correr, aunque la publicidad y las imágenes del atletismo insistan en ello. No hay un ritmo exacto que defina qué es correr; bastan pasos, movimiento y cierta suspensión en el aire para que el running exista, incluso cuando los números y los ritmos se exhiben en redes sociales. Tampoco hay implementos o tecnología estrictamente necesarios para correr: más allá del mercado, un par de piernas sigue siendo suficiente.
Cómo vivir la experiencia deportiva, cómo valorarla y el por qué realizarla deben ser respondidas de acuerdo tanto a tus realidades individuales como las de tu colectividad cercana, solo entendiendo tal cosa es posible la motivación necesaria para la constancia. Porque si, la constancia requiere de saber el porqué lo hago, de tener objetivos dentro de la actividad deportiva y las condiciones materiales que tengo para lograrlos.
Salir del número no implica negar los datos, los tiempos o las métricas que hoy atraviesan al running, implica recordar que esos números no son una unisignificación de la actividad deportiva sino una de sus posibilidades. Correr no empieza en el reloj ni termina en una tabla de resultados: empieza en una decisión situada y se sostiene en condiciones sociales concretas. Pensar el running desde ahí —desde la experiencia, el cuerpo y el contexto— es una forma de devolverle complejidad a una práctica que el mercado intenta simplificar.
Correr, más que acumular kilómetros o mejorar marcas, es también una manera de disputar el significado de cómo habitamos nuestro tiempo, nuestro cuerpo, la ciudad o el campo.
